Este palo me
hace imaginar al enorme fresno cuya amplia sombra cubría todo el jardín. En ese
jardín jugué desde que nací, ahí mis papás organizaban pequeñas reuniones de
domingo, comidas, fiestas, posadas y hasta banquetes de bodas. Algo que tengo bien grabado es el pasto, sus colores, olores, seco o mojado, cuando jugaba ahí con pocos más, que eran primos, mi hermano, y
mi fiel amigo vecino.
Este palo,
de sólo 72 centímetros, es para alguien de unos 8 años, como debo haber tenido. Tiene aún el sello de
fábrica que dice “FRESNO
DESFLEMADO”, yo no sabía
qué era desflemado, pero sí sabía que era como el árbol, ¿cuántos palos como
este pueden salir de ese árbol? Nunca jugué en equipo formal, sólo de vez en
cuando entre nosotros, claro, en el jardín.
Este palo
sobrevivió a un incendio, eso fue años después en otra casa. El gran fresno ya no está, nos
fuimos de esa casa y lloré cuando lo cortaron en pedazos para hacer lugar a un
edificio que ocupa lo que fue el jardín sombreado.
Este palo me
hace imaginar el columpio que mi hermano colgó de una rama del fresno, tan alta
que, al elevarse en el columpio, uno sentía que volaba. Imagino el jardín
cubierto de hojas secas desprendidas del fresno y la enorme montaña que se
hacía al reunirlas, hecha para zambullirse en ella. Qué placer tuve la noche de lluvia en
que metí los pies descalzos en el agua fría de la azotea inundada. Sus coladeras se taparon con el bodoque que se hacía de las pequeñas semillas que en multitud volaban desde el
fresno. Era una maravilla verlas bajar en enjambre gigante, como pequeñas
puntas de lanza, son pequeñas hélices que giran y giran. Lo más bello era mirar al árbol
desde abajo en un día tranquilo de suave viento. Majestuoso, mostraba sus
ramas, sus hojas, su leve movimiento y su sonido tranquilizante. ¡Qué pequeño me sentía!


